Admiro a esas personas que derrochan fuerza incluso por lo oídos. Aunque parezca duro de entender, es posible realizar la acción. Significa que te escuchan apasionadamente, aunque no te conozcan.Ésa gente también lo pasa mal, pero quiere saber el dolor del otro para que el suyo pase desapercibido, pero que no sucede porque el otro le pregunta: ¿Y a ti que te pasa? Y se hace un silencio incómodo allí dónde estés. No me gustan los hospitales, pero me gustan las historias de la gente de allí. Para consolarte siempre hay alguien que lo tiene peor que tú, y no muy lejos de tu estancia. Después sales y cuesta más de encontrarlos.
En las veces que he estado dentro, la mayoría han sido como visitante y puedo confirmar que los visitantes se abren más a los demás que los propios pacientes de los que hablan. Los últimos se toman su enfermedad más a la defensiva y piensan que la suya es la peor de todas, hasta que no comprueban con sus ojos que no es cierta ésa teoría suya. En cambio, los visitantes se pueden clasificar en varios grupos, yo pertenecí al de visitante rara. Rara porque no es normal que una adolescente se pasee por los pasillos de una planta de psiquiatría tantas veces como yo lo hice, y rara porque aunque se abrieran a mi los demás, yo no lo hacía. Lo encontraba una falta de intimidad hacía mi amiga, aunque lo que me contaran fuera peor que lo suyo, no lo veía justo.
Y mientras pasaban los días yo no me deprimía, todo lo contrario, era como una segunda vida allí dentro. Desconectaba y me centraba en los demás, pensaba que yo estaba perfecta comparada con los pacientes, aunque aquello de lo que padecieran fuera mínimo.
Hasta el día señalado.
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