jueves, 7 de abril de 2011

Hasta el día señalado.

Dentro de todo lo que me ha pasado a lo largo de mi corta vida, me siento afortunada. ¿Porque? Por que a pesar de todo lo que he sufrido, he madurado como persona y he tenido a muchas otras apoyándome, aunque no a todas las que me hubiera gustado. Me siento bien, viva, después de todo. Cada día que pasa veo a gente pasear por la calle con una sonrisa en la cara y pienso que no todo les irá bien pero que están usando la misma técnica que yo usaba en mis momentos difíciles, sonreír. En esos momentos no piensas en quedar bien, sino que sonríes por que no quieres llorar, porque ya está lo suficientemente mal como para ponerte a llorar y te pregunten sobre la causa por la que estás llorando. Eso comporta recordar, y no quieres recordar. Piensas que habrá toda una vida por delante para recordar y que en esos momentos no te apetece hacerlo.
Admiro a esas personas que derrochan fuerza incluso por lo oídos. Aunque parezca duro de entender, es posible realizar la acción. Significa que te escuchan apasionadamente, aunque no te conozcan.Ésa gente también lo pasa mal, pero quiere saber el dolor del otro para que el suyo pase desapercibido, pero que no sucede porque el otro le pregunta: ¿Y a ti que te pasa? Y se hace un silencio incómodo allí dónde estés. No me gustan los hospitales, pero me gustan las historias de la gente de allí. Para consolarte siempre hay alguien que lo tiene peor que tú, y no muy lejos de tu estancia. Después sales y cuesta más de encontrarlos.
En las veces que he estado dentro, la mayoría han sido como visitante y puedo confirmar que los visitantes se abren más a los demás que los propios pacientes de los que hablan. Los últimos se toman su enfermedad más a la defensiva y piensan que la suya es la peor de todas, hasta que no comprueban con sus ojos que no es cierta ésa teoría suya. En cambio, los visitantes se pueden clasificar en varios grupos, yo pertenecí al de visitante rara. Rara porque no es normal que una adolescente se pasee por los pasillos de una planta de psiquiatría tantas veces como yo lo hice, y rara porque aunque se abrieran a mi los demás, yo no lo hacía. Lo encontraba una falta de intimidad hacía mi amiga, aunque lo que me contaran fuera peor que lo suyo, no lo veía justo.
Y mientras pasaban los días yo no me deprimía, todo lo contrario, era como una segunda vida allí dentro. Desconectaba y me centraba en los demás, pensaba que yo estaba perfecta comparada con los pacientes, aunque aquello de lo que padecieran fuera mínimo.
Hasta el día señalado.

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